Cuando sonaron las sirenas en Ucrania hace cuatro años, al inicio de la invasión a gran escala rusa de febrero de 2022, los polacos corrieron hacia la frontera para auxiliarlos. Entonces ocurrió algo impensable: la gente abrió las puertas de sus casas y dio la bienvenida a extraños con los que apenas podían comunicarse. Las empresas y universidades anunciaron días libres para ayudar a los refugiados. En apenas unos días, en un país de menos de 40 millones de habitantes, ingresaron seis millones de personas nuevas. El Gobierno polaco, entonces en manos del partido ultraconservador Ley y Justicia (PiS), no tenía ni idea de cómo lidiar con esto y toda regulación llegó tarde. El caos duró meses.
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