Hay una zona en el cementerio de Jaravan, al sur de Teherán, a la que los iraníes llaman Lanatavad: el lugar de los condenados. Allí yacen en fosas comunes algunos de los miles de opositores encarcelados que fueron ejecutados en 1988 por la entonces joven República Islámica de Irán. Los jueves por la noche, cuando los iraníes llevan flores y fruta al cementerio en memoria de los difuntos, esos muertos siguen solos. Sus familias tienen prohibido acercarse a sus tumbas, pero las madres de esos proscritos a veces osan rezar junto a la tapia del cementerio, lejos de las tumbas sin nombre.
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