En los bosques de la localidad rusa de Katyn se distinguen las fosas comunes donde fueron ejecutados más de 4.000 polacos y más de 7.000 ciudadanos soviéticos por el régimen de Stalin: los polacos, en una de las matanzas de 1940 con las que la URSS eliminó a alrededor de 22.000 militares e intelectuales que podían oponerse a la ocupación del país tras pactar su división con Hitler; los soviéticos, víctimas del Gran Terror de 1937 y 1938, cuando el régimen asesinó a más de 700.000 de sus propios ciudadanos —algunos estudios apuntan a unos dos millones—. Hoy, ocho décadas después, el Gobierno de Putin ha levantado junto a estas fosas comunes una exposición donde habla de “diez siglos de rusofobia polaca” y “nazis ucranios”.
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