Los termómetros del centro de Pekín marcan siete grados bajo cero, pero los alrededores del templo Guanghua están más ajetreados que de costumbre. Son las nueve de la mañana del 3 de enero. Como cada primero y decimoquinto día de cada mes lunar, Bao Lanfang acude a este santuario budista escondido entre los hutong pekineses, las características callejuelas grisáceas de la capital china. Enciende dos velas y deja como ofrenda tres varillas de incienso doradas: “Rezo por la paz en el mundo, por la prosperidad y tranquilidad del país y por el regreso sano y salvo de todas las personas desaparecidas en el MH370″.
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