“Muérase, señora Mohammadi, pero fuera de la cárcel”. Eso fue lo que Narges Mohammadi escuchó de un supuesto médico en la prisión de Evin hace algunos años. “Me importa un comino que usted muera, no quiero que suponga más gastos para el sistema”. Estaba detenida en régimen de aislamiento en la prisión de Evin, su salud se deterioraba rápidamente. No sabía qué cargos pesaban en su contra; no existía un proceso judicial. Le inyectaban algo para evitar que volviera a desmayarse, pero tampoco sabía qué era. Sí sabía que había dejado en casa a sus dos hijos mellizos, de poco más de tres años, sin saber cuánto tiempo tardaría en volver. Era el año 2010.
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