Keir Starmer afronta cada desafío con la mentalidad fría y calculadora del abogado y fiscal que fue durante años. Y se resiste a admitir que la responsabilidad política no tiene necesariamente que responder siempre a una lógica irrebatible. Empieza a ganarse la fama de que cada vez que tiene problemas busca un culpable que no sea él mismo. Y este lunes, en una de las comparecencias más delicadas de su mandato, ha sido acusado por la oposición de buscar otro chivo expiatorio para tapar el enésimo escándalo en torno a Peter Mandelson, a su desastroso nombramiento y cese como embajador en Washington, y a sus turbias relaciones con el multimillonario estadounidense Jeffrey Epstein.
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