Imaginen un organismo con techo de cristal, pies de barro y un corsé que impide el movimiento. Como techo de cristal está el conocido tope al liderazgo femenino; los pies de barro son las deudas, pero también el menoscabo de algunos de sus integrantes, y el corsé, la facultad de algunos de bloquear cualquier decisión eficaz. Es el vivo retrato de la ONU en 2026, cuya representatividad es cuestionada por EE UU y su aliado Israel y sus acciones ejecutivas se ven maniatadas por el derecho de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, un sistema que obedeció al equilibrio de bloques de la posguerra mundial, pero que ya no representa la actual correlación de fuerzas del mundo. Por eso la carrera sucesoria para sustituir a su secretario general, António Guterres, el próximo 1 de enero, ha adquirido una importancia crucial: además de un nuevo secretario general, la ONU se juega su futuro en medio de una preocupante crisis financiera.
Los marineros vislumbran el fin de su agonía en Ormuz pero aún no se fían: “Nos preguntan si esta paz es real”
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