El primer ministro francés, Sébastien Lecornu, comenzó bien su segunda andadura (la primera duró 27 días). El jefe del Gobierno, fiel colaborador del presidente Emmanuel Macron, dio muestras de empatía política, capacidad negociadora y cierta complicidad con los socialistas, que evitaron tumbar su Ejecutivo y levantaron el trofeo de la suspensión de la reforma de la polémica ley de pensiones antes de Navidad. Lecornu prometió consensuar la ley de presupuestos en la Asamblea Nacional, negociar, acordar. Pero, pasado el tiempo, el tiempo se ha agotado. Y también las buenas intenciones. El Ejecutivo deberá ahora recurrir a las ordenanzas que permiten sacar adelante las cuentas o al artículo 49.3 de la Constitución, para hacerlo por decreto. Justo lo que prometió no hacer.
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