
Priscilla Mussa tiene tres meses y ha pasado dos de ellos durmiendo sobre un mugriento colchón en una acera de la ciudad sudafricana de Durban. La protege del invierno austral un buzo de plumas fucsia, un gorrito de lana y una gruesa manta con la que su madre, Rebecca Varis, la cubre casi por completo. A su alrededor huele a un potaje especiado y humeante que varias decenas de hombres y mujeres desayunan en tazas de plástico. En la acera de enfrente, la ropa lavada cuelga de una verja. “Aquí vivimos ahora”, dice Varis, señalando el colchón. Durban se ha convertido en uno de los epicentros de la ola de violencia xenófoba que desde hace semanas está forzando a miles de inmigrantes y refugiados a abandonar sus casas. Los extranjeros representan alrededor del 4% de la población de Sudáfrica, pero se han convertido en el chivo expiatorio de una crisis mucho más profunda.






