
La mitología ha dado vastos ejemplos de que la astucia del pequeño luchador puede imponerse a la fuerza bruta de un gigante adversario. Estonia, país de 1,3 millones de habitantes —casi siempre en su historia bajo el yugo de alguna potencia extranjera—, hace gala de su determinación y destreza para proteger su periodo más largo de independencia, 35 años desde el derrumbe de la URSS, y blindarse en todos los frentes, el militar, el social y el legislativo, frente a “la amenaza imperialista rusa”, en palabras de sus autoridades.




