Europa lleva décadas contándose a sí misma que el miedo al inmigrante es una cuestión de colores de piel, religiones, culturas o continentes distintos. Pero basta mirar hoy a Sudáfrica, donde una nueva ola de violencia xenófoba está demostrando que el mecanismo del rechazo al otro no siempre va de fenotipos. En un país donde la mayoría negra sufrió durante décadas la opresión del apartheid impuesto por la minoría blanca, turbas de sudafricanos negros con ideas xenófobas acusan a migrantes y solicitantes de asilo, también africanos y de piel negra, de robarles el trabajo, saturar los hospitales, acaparar ayudas públicas y traer consigo la delincuencia.
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