Si uno escucha los relatos que acompañan a la guerra abierta entre Irán, Israel y Estados Unidos, aparece un patrón visible, incómodo y recurrente, no estamos solo ante cálculos militares sino también ante marcos morales que permiten seguir golpeando cuando la racionalidad estratégica (costes, desgaste y riesgo regional) sugeriría frenar. No es que la religión sea la causa mecánica de las decisiones, pero actúa como acelerador político. Explica por qué una guerra se vuelve necesaria, por qué un alto el fuego suena a traición, a rendición, y por qué el tiempo de la diplomacia se percibe como irrelevante frente al “tiempo sagrado”.
Los marineros vislumbran el fin de su agonía en Ormuz pero aún no se fían: “Nos preguntan si esta paz es real”
Han pasado 115 días desde que Estados Unidos e Israel lanzaran su...
