Durante años, la ostentosa ciudad de Dubái, meca de los negocios y del turismo de Oriente Próximo, se había proyectado al mundo como un oasis de ensueño. Expatriados e influencers europeos, estrellas estadounidenses, empresarios chinos, oligarcas rusos y grandes fortunas africanas confluían en una ciudad-emirato que se perfilaba como un edén de bajos impuestos, poca regulación, infraestructuras de primer nivel, sol y lujo, y una promesa sutil: seguridad.
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