El camino hasta las torres obliga a cubrirse la nariz. Ya no huele a cadáver, como en los primeros días, pero la tierra en suspensión de cientos de toneladas de cemento molido se clava en la garganta y los lagrimales. El sol empieza a ceder y es entonces cuando llegan los zancudos, en manada, a morder la piel sudada y sucia. Los picos continúan golpeando el cemento tres meses después y los pitidos de las excavadoras dando marcha atrás son insoportables cuando suenan todos a la vez. La gente ya no grita de dolor. Como mucho, se oyen órdenes de un militar y alguien que alerta de que ha encontrado una calavera, inalcanzable todavía entre dos placas de concreto. Y ahí, en lo alto de una torre partida en dos, a la altura del sexto piso, con el cielo rosa al fondo, surge una figura que parece una gacela, con su celular siempre en la mano. Es Wallesca Pérez, de 23 años, a la que todos en esa esquina llaman La Flaca.


