Tiene algo de déjà vu, de día de la marmota: cuatro años después de la brutal crisis energética provocada por Vladímir Putin, Europa vuelve a estar en las mismas. Los chalecos amarillos han anunciado su regreso a las carreteras francesas el 17 de octubre, con el precio de la gasolina —y sobre todo del diésel— como catalizador. En Portugal se suceden los bocinazos y las marchas lentas de automóviles. E Irlanda, con nuevas protestas en el horizonte, no termina de cerrar el estallido de la pasada primavera, cuando los manifestantes llegaron a bloquear el acceso a la única refinería del país. Todo incipiente, muy incipiente, pero indicativo de un descontento que está lejos de amainar. Una olla a presión de final incierto y que obliga a los Gobiernos a tomar medidas urgentes.
La Flaca sigue buscando a su padre bajo los escombros de La Guaira
El camino hasta las torres obliga a cubrirse la nariz. Ya no huele a...
