Lo último que necesita un líder político hundido en la impopularidad, a punto de romper su mayor promesa electoral y sin apoyo interno, es debilitar todavía más su ya vulnerable posición y reforzar la de quien está considerado como potencial sucesor. Esto es exactamente lo que ha conseguido la guardia pretoriana del primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, con una desmañada maniobra que pretendía sofocar un supuesto asalto a su autoridad y que solo ha conseguido menoscabarla. El autosabotaje ha desgastado aún más el maltrecho liderazgo de Starmer, con una aprobación en mínimos históricos. Como guinda del pastel, el mandatario se ha tenido que disculpar ante su ministro de Sanidad, Wes Streeting, por intrigas cainitas, pese a mantener que él no había autorizado ninguna reprobación pública contra Streeting.
La vida se reconstruye a pedazos en los edificios verdes de la colonia caraqueña El Paraíso
“Estamos muy bien, mucho mejor que el edificio de la esquina, que se...
