Irina Artiomova, de 42 años, vive en Kramatorsk, en la provincia oriental ucrania de Donetsk, a una veintena de kilómetros del frente de guerra. Su reflexión es sencilla, pero muy potente. “¿Qué pensarías si un vecino viniera a tu casa y dijera que es suya y no tuya?”, plantea en un intercambio de mensajes telefónicos. “¿Te rendirías?”. Artiomova gestiona junto a su marido, Roman Dubinin, también de 42 años, el acuario de esta ciudad ucrania, un pequeño oasis para civiles y militares, machacados por el asedio ruso.
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