Francia salió a la calle el 17 de octubre de 2026 y, entre manifestaciones, incendios y pillajes, certificó la muerte del macronismo. Lo hizo con violencia, como suele hacerlo. Rabia, cólera y también miedo hacia el futuro. Y lo que constató mientras destrozaba comercios e incendiaba ayuntamientos y comisarías fue la defunción de una idea política que quería instaurar una centralidad ideológica radical y contener el auge de los extremos. En lugar de eso, fueron nueve años en los que se vaciaron los servicios públicos, se multiplicó la deuda (pasó del 98% del PIB al 119% actual) y los polos ideológicos en el Parlamento engulleron el debate público hasta ser hoy las dos fuerzas políticas —la izquierdista La Francia Insumisa (LFI) y el ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN)— con más posibilidades de llegar a la segunda vuelta en las elecciones de la próxima primavera.
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