Bajo el cielo límpido del verano, las olas rompen en la pedregosa cala de Anzac con una solemnidad rítmica y silenciosa, casi con respeto, como si no quisieran importunar a los muertos. Desde el agua, los acantilados terrosos de Ariburnu, cubiertos de pinos y sabinas, aparecen inexpugnables; y uno se pregunta quién en su sano juicio decidiría lanzar, precisamente por aquí, una invasión.
Fouzi Lekjaa: un fichaje tecnócrata y futbolístico para el Gobierno del Mundial en Marruecos
Una sorprendente imagen de liderazgo político ha surgido en...
