La noche del 15 de julio de 2016 se presentaba como cualquier otra noche de viernes. Los vehículos llenaban los puentes sobre el estrecho del Bósforo —de regreso a casa tras una larga jornada de trabajo, en dirección a los clubes y bares del centro de Estambul o para huir de la calurosa metrópolis turca en un fin de semana estival— cuando dos camiones cargados de soldados ordenaron detener el tráfico. Nadie se explicaba por qué (¿Una redada antiterrorista?¿Una maniobra militar?). Pero la imagen congregaba todos los fantasmas de la historia moderna de Turquía.
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