La explicación más sencilla suele ser la correcta, salvo en Europa: el célebre principio de la navaja de Ockham falla con estrépito en el Viejo Continente, y desde luego es inútil para entender Hungría, si es que se puede llegar a entender un país. Ni siquiera sirve para comprender Szeged, la tercera ciudad del país centroeuropeo, al sureste, muy cerca ya de Serbia y Rumania, con apenas 200.000 habitantes y una docena de minorías.
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