Cuando la recién creada Unión Soviética se consideraba tan peligrosa que no tenía ni embajadas donde situar a los típicos espías bajo la tapadera de diplomáticos, los servicios de inteligencia soviéticos desarrollaron un excepcional y audaz programa para infiltrar a los suyos en Occidente. Eran los llamados ilegales, agentes exhaustivamente entrenados para plantarlos en otro país con identidades falsas tan convincentes que ni sus propios hijos sabían que sus padres eran rusos, y mucho menos, espías. Ahora, tras la expulsión de cientos de diplomáticos y agentes secretos, especialmente por la invasión a gran escala de Ucrania, Rusia mantiene activo el operativo, que fue los ojos y oídos de Moscú durante la Guerra Fría. A la vez, ensaya “nuevos enfoques tan innovadores como peligrosos en el espionaje”, como cuenta Shaun Walker, autor de Los ilegales. La historia jamás contada del programa de espionaje más secreto de Rusia (Salamandra, con traducción de Eduardo Hojman).

