
En zapatillas de deporte y uniforme militar, el general Rebaz Sharifi camina sobre montañas de escombros esparcidos alrededor de un boquete que dejó hace unos días un misil balístico iraní en su base militar en la provincia de Erbil, al noreste de Irak. Asegura contar con más de medio millar de combatientes en las filas de su Partido de la Libertad del Kurdistán (PAK, por sus siglas en kurdo) y fuerzas kurdoiraníes opuestas al régimen de Teherán, asentadas en la región semiautónoma kurda del norte de Irak desde hace tres décadas. El complejo militar está desierto, incluidas las viviendas. Tan solo un par de perros se pasean entre unos columpios de colores construidos para los hijos de los combatientes.



