Cuando el grupo paramilitar sudanés Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) tomó a finales de octubre la capital del Estado de Darfur Norte, El Fasher, los testimonios de sus atrocidades empezaron a correr como la pólvora: ejecuciones, violencia sexual, torturas, humillaciones, secuestros. Las fuerzas rebeldes acababan de someter a la última gran ciudad del oeste de Sudán que seguía bajo control del ejército y grupos aliados, cimentando así la división del país en dos bloques, en una guerra civil que en dos años y medio se ha cobrado de decenas de miles de vidas.
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