Este miércoles, cuando pisó aliviada el aeropuerto de Tel Aviv tras haber rozado la muerte, una de las pasajeras israelíes del vuelo del acuchillamiento, Lital Shahar, manifestaba su sorpresa por el trato a su familia en el aeropuerto saudí de Tabuk, donde el aparato se vio obligado a aterrizar de emergencia. “Sí, era un lugar desconocido, pero enseguida nos sentimos seguros porque fueron maravillosos y generosos. Nos sorprendió mucho”, decía. No se trataba solo de la tradicional desconfianza, miedo o desprecio de una inmensa mayoría de los judíos israelíes hacia todo lo árabe en general, sino de la incertidumbre de acabar en un país con el que Israel carece de relaciones diplomáticas y, por tanto, de embajada a la que acudir.
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