La Unión Europea difícilmente habría podido sobrevivir a la reciente sucesión de crisis energéticas ―dos en menos de un lustro― sin el petróleo y el gas de Noruega. Con dos guerras encadenadas en el tiempo, la de Ucrania y la de Oriente Próximo, el vecino del norte, gran reservorio fósil del continente, ha sido vital para asegurar el suministro en los cuatro años más complicados desde la turbulenta década de los setenta, cuando el cartel de la OPEP y la Revolución en Irán pusieron en jaque a Occidente. Con ese as bajo la manga, ahora es Oslo quien quiere sacar tajada de su condición de proveedor de último recurso.
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