El mes pasado, un soldado israelí fotografió a otro derribando con un hacha una estatua de Jesucristo en la zona del sur de Líbano que ocupa su ejército. Nadie tomó la imagen como denuncia, sino que uno de ellos la difundió, pensando más en su público que en las consecuencias. De hecho, además del militar que golpeó la estatua y el que grababa, otros seis lo vieron y ni lo intentaron detener, ni lo denunciaron a sus superiores. La imagen se hizo tan viral y fue cosechando tantas condenas desde distintos puntos del mundo que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, difundió un inusual comunicado crítico y el ejército decretó un mes de prisión para los dos responsables y anunció que obraba ya para “asegurarse que no vuelva a suceder en el futuro”.
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