“Ojalá hubiera muerto. Fue un viaje al infierno”. Así se pronunció Arya, nombre ficticio de una eritrea entrevistada por Naciones Unidas en su último informe sobre abusos contra migrantes y solicitantes de asilo en Libia, país de tránsito para cientos de miles de personas que, como esta mujer, tratan de alcanzar Europa cruzando el Mediterráneo. Quien lo intente en 2026 se verá ante un horizonte contradictorio: economías que necesitan trabajadores y sociedades que ya son muy diversas, pero también una arquitectura legislativa cada vez más hostil, proclive a expulsar con rapidez —a menudo sin respetar los derechos humanos— y a delegar responsabilidades en terceros países.
Roma sigue buscando a Emanuela Orlandi en los sótanos de una mansión
Vivir en Roma suele dar una sensación de estar rodeado de misterios,...
