
“Dicen que transportamos misiles, pero en realidad transportamos heridos y suministros básicos”, afirma Ali frente a su ambulancia. Este paramédico voluntario, que pide ser presentado con nombre falso por miedo a represalias, es agricultor, sexagenario, lleva gafas y tiene barba blanca. El tono tranquilo con el que se expresa mientras reparte cigarrillos a quien se le acerca en un municipio en el sur de Líbano contrasta con el estado de su vehículo médico. Apenas le quedan ventanas, después de que un bombardeo israelí al inicio de la reciente escalada en la guerra contra Hezbolá matara a tres personas que viajaban dentro. “¿Por qué iba a tener miedo? ¿Qué hago, irme de mi país? Yo de aquí no me voy”, zanja sin dudarlo.


