El año 1979, que arrancó con noticias agridulces, acabaría como el primero de lo que podemos llamar “la Edad de la Ceniza”, un prolongado y sombrío periodo de inestabilidad, miseria y violencia que trocó el mundo y sus reglas, y que hoy parece escribir uno de sus capítulos finales. Iniciado febrero, el exiliado gran ayatolá Ruhollah Jomeiní aterrizaba en Teherán en el clamor de las multitudes y ponía fin a la revolución popular desatada por el partido comunista Tudeh y de la que él, ladinamente, había sabido apropiarse para derrocar la dictadura del último shah de Persia, Mohamed Reza Pahlevi.
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