“Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”. Lo escribió el presidente de EE UU en su red social, con signos de exclamación. Desde entonces, el debate sobre su salud mental se ha relanzado. Pero ese debate nos protege de algo peor: ante un lenguaje así, buscar una explicación psicológica es casi un reflejo de autoprotección. Si Trump está loco, el problema es médico y tiene solución institucional: la 25ª Enmienda, el gabinete, los mecanismos de un Estado que sigue funcionando. Podemos respirar. Pero si no lo está, si Trump eligió esa palabra y calculó ese mensaje, si decidió que amenazar con el exterminio de una civilización era una táctica negociadora viable, entonces el problema no es psiquiátrico, sino político. Y es incomparablemente más grave. Significaría que el presidente de la mayor potencia militar de la historia ha introducido el lenguaje del exterminio civilizatorio en el espacio público, conscientemente, como instrumento. No en un memorando secreto ni reconstruido décadas después por historiadores, sino en tiempo real. El salto cualitativo no está en la brutalidad de Trump; eso ya lo conocíamos. Está en que por primera vez el lenguaje de la aniquilación ha sido pronunciado por alguien con capacidad real de ejecutarlo, en la esfera pública y sin eufemismos. Lo que se ha roto no es solo una regla, sino una forma de hablar del mundo.
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